Sé que lo que voy a decir va a crear controversia. Estoy en contra de la pega. Sí, de la resina. Y mira que nunca he sido un jugador de mano grande, pero me cuesta entender que un deporte que se juega con un balón requiera de un elemento externo para hacerlo más atractivo. ¿Os imaginais algo parecido en fútbol, baloncesto o waterpolo?

Y si además ese elemento supone un gasto extra para los polideportivos en limpieza... lo siento, no le veo el sentido. Pero voy a intentar explicarme mejor.

Mi postura es simple: si el balón cumple, la resina sobra. Y hay balones homologados por la IHF que ya dan agarre de sobra sin necesitar una gota de pegamento. No es una postura ideológica. Es una condición técnica, y ya está cumplida.

El argumento de la tradición no aguanta el análisis

La defensa de la resina se apoya en dos ideas: que lleva décadas siendo parte del juego y que no hay datos sólidos de que aumente el riesgo de lesión. Lo primero es cierto y es irrelevante (el vídeoarbitraje también rompía con la tradición y hoy nadie discute su utilidad). Lo segundo es más discutible de lo que parece.

La resina deja un residuo pegajoso en el parqué que incrementa la fricción entre la suela de la zapatilla y el suelo. Y la literatura en lesiones de rodilla en balonmano es consistente en un punto: la inmensa mayoría de las roturas de ligamento cruzado anterior se producen sin contacto, por mecanismos de autolesión en cambios de dirección donde el pie queda anclado al suelo mientras el resto del cuerpo sigue girando. Cuanta más fricción hay en esa interfaz zapatilla-pista, mayor es la fuerza de torsión que absorbe la rodilla en ese instante.

«No hace falta un ensayo clínico aleatorizado para entender que un suelo pegajoso por resina no ayuda a que el pie deslice lo suficiente para disipar esa energía. Es biomecánica básica, no una opinión.»

A eso se suma lo que ya reconocen los propios fabricantes: la resina deteriora el parqué, especialmente en pabellones compartidos con fútbol sala o baloncesto, genera un gasto de mantenimiento recurrente y está directamente prohibida en un número creciente de instalaciones. Defender la resina hoy es defender un problema de mantenimiento y un factor de riesgo añadido a cambio de una tradición sentimental.

Bote de resina Trimona Handballwax — la cera de balonmano más extendida en Europa
Trimona Handballwax, proveedor oficial de la Bundesliga alemana. Un producto que lleva décadas en cada vestuario. La pregunta no es si funciona, sino si sigue siendo necesario.

El balón ya lo resuelve

Lo interesante es que la industria dejó de discutir esto hace tiempo. Molten comercializa su línea D60 PRO y sus balones RESINFREE con una superficie exterior que absorbe el sudor de la mano en lugar de resbalar con él, una cubierta más gruesa y blanda que permite que los dedos se hundan ligeramente en el material, y una estructura de 60 paneles triangulares con hendiduras que multiplican los puntos de contacto entre palma y balón.

No es un balón de entrenamiento de segunda: el D60 PRO fue el balón oficial del Mundial Juvenil Femenino (U18) de la IHF en 2022. Es decir, ya ha sido validado en la máxima competición de su categoría sin que ninguna jugadora necesitara resina para lanzar con precisión.

Select sigue el mismo camino con su línea Ultimate de la EHF Champions League, diseñada para dar agarre "con y sin resina", reconociendo de facto que el rendimiento ya no depende del bote de pegamento en la grada.

Balón de balonmano con resina — los hilos de pegamento entre la mano y el balón son visibles
Los hilos de resina entre la palma y el balón son la imagen más reconocible del balonmano de vestuario. La tecnología de materiales ya permite ese mismo agarre sin pegamento.

Lo que nos enseña el baloncesto

Aquí está la comparación que de verdad importa. En baloncesto nadie juega con resina, y a nadie se le ocurriría proponerlo. El balón resuelve el agarre por sí solo, con cuero compuesto y un pebbling (el gofrado en relieve de la superficie) que multiplica los puntos de fricción con la palma incluso con la mano sudada. Y hablamos de un balón de talla 7, de 75 a 78 centímetros de circunferencia y entre 600 y 650 gramos: más grande y más pesado que cualquier balón de balonmano.

El balón de balonmano masculino sénior (talla 3 IHF) mide entre 58 y 60 centímetros y pesa entre 425 y 475 gramos. El femenino (talla 2), entre 54 y 56 centímetros y 325 a 375 gramos. Son balones más pequeños, más ligeros y con menos superficie de agarre disponible que un balón de baloncesto. Si el baloncesto ha resuelto el agarre por ingeniería de materiales con un balón más grande y sin ninguna ventaja de partida, no hay excusa técnica para que el balonmano siga dependiendo de un producto externo al balón. Si acaso, el argumento juega en contra de la resina: menos superficie de contacto exige mejor diseño de esa superficie, no un parche pegajoso por fuera.

Mi conclusión

No a la resina. Sí a exigir que todo balón homologado para competición oficial pase un estándar certificado de coeficiente de fricción en seco y con sudor simulado, igual que ya se exige circunferencia y peso. La IHF y las federaciones nacionales tienen la responsabilidad de convertir esa exigencia en reglamento, no de dejarlo en manos del marketing de cada fabricante.

Mientras eso no ocurra formalmente, cada club y cada jugador tiene ya la opción de resolver el problema por su cuenta: cambiar de balón antes que seguir empapando el parqué. La tecnología del agarre dejó de ser una promesa de catálogo. Es un balón que ya existe, ya se homologa y ya se ha jugado un Mundial con él.