Seis semanas. Eso es lo que ha tardado un estudio noruego en demostrar que un simple lastre en el antebrazo, sin tocar la sala de musculación, aumenta de forma medible la velocidad de lanzamiento en jugadoras de balonmano. Es una de esas investigaciones que deberían cambiar mañana mismo la planificación de cualquier entrenador de segunda línea.
El estudio que pone el foco en el brazo, no en el gimnasio
Roland van den Tillaar, investigador de referencia en biomecánica del lanzamiento en balonmano, publicó en enero de 2025 en el Journal of Functional Morphology and Kinesiology un estudio con veinticinco jugadoras experimentadas (24,7 años de media, 14 años de experiencia competitiva). Catorce entrenaron con resistencia portátil sujeta al antebrazo durante sus sesiones habituales de balonmano; once formaron el grupo control con el mismo trabajo, sin lastre añadido.
El resultado, tras seis semanas: la velocidad de lanzamiento aumentó de forma estadísticamente significativa en el grupo experimental (p = 0,006) y no lo hizo en el grupo control. Lo interesante no es solo que funcione, sino por qué. El análisis cinemático detectó cambios concretos en el gesto: mayor flexión de hombro y muñeca en el momento de soltar el balón, y una mayor velocidad de extensión de codo. Es decir, el lastre no construyó fuerza bruta —el test de fuerza máxima no mostró diferencias significativas (p > 0,075)— sino que cambió la forma de ejecutar el gesto técnico. El cuerpo se adapta al sobrepeso periférico ajustando la secuencia articular, y esa adaptación se traduce en más velocidad de salida del balón.
Para cualquier entrenador que lleve años intentando mejorar la potencia de lanzamiento a base de banca y press militar, esto es una llamada de atención. No hace falta cargar la barra: basta con entrenar el gesto específico bajo una resistencia añadida y dejar que el sistema neuromuscular resuelva el problema a su manera.
Qué es exactamente la resistencia portátil y por qué no es una moda pasajera
La resistencia portátil (wearable resistance) consiste en pequeñas cargas, normalmente de 100 a 300 gramos por unidad, adheridas mediante velcro a antebrazo, brazo o muñeca durante la propia práctica del gesto deportivo. La diferencia clave frente al entrenamiento de fuerza tradicional es que no rompe la especificidad: la jugadora sigue lanzando exactamente igual que en un partido, solo que con una carga extra que obliga al sistema neuromuscular a reclutar más unidades motoras en el mismo patrón de movimiento.
Esta técnica lleva más de una década usándose en atletismo y en deportes de lanzamiento como el béisbol, pero su aplicación sistemática al balonmano es reciente. El estudio de Van den Tillaar es de los primeros en aportar datos cuantitativos específicos de esta disciplina, y llega en un momento en que clubes de la Bundesliga y la Liga Asobal ya están experimentando con dispositivos similares en pretemporada.
Lo que dice el resto de la evidencia científica
Este hallazgo no llega aislado. Una revisión sistemática publicada también en 2025 (Pulgar y Heres) sobre entrenamiento de fuerza con bandas elásticas en jugadores jóvenes de balonmano, de trece a veintiséis años, encontró mejoras significativas en fuerza explosiva, potencia y velocidad de lanzamiento, además de beneficios en saltos y cambios de dirección. Es la misma lógica: cargas moderadas, aplicadas de forma específica al gesto o a patrones de movimiento cercanos al gesto, generan adaptaciones que el trabajo de fuerza genérico en gimnasio no siempre replica en la pista.
También hay evidencia consolidada sobre el efecto de la periodización de fuerza concurrente con el trabajo técnico-táctico a lo largo de una temporada completa. Investigación española sobre equipos de competición muestra que combinar distintos métodos de entrenamiento de fuerza con las sesiones habituales de equipo mejora de forma medible la potencia del tren superior e inferior, la velocidad de lanzamiento y la altura del salto vertical. El mensaje de fondo, repetido en varios estudios independientes, es el mismo: el entrenamiento de fuerza en balonmano funciona mejor cuando convive con el balón, no cuando se aísla en el gimnasio como un bloque separado.
«El lastre no construyó fuerza bruta. Cambió la forma de ejecutar el gesto. El cuerpo se adapta al sobrepeso periférico ajustando la secuencia articular, y esa adaptación se traduce en más velocidad de salida del balón.»
La cara crítica: qué no resuelve este tipo de entrenamiento
Conviene no venderlo como una panacea. El propio estudio de Van den Tillaar señala que no hubo cambios significativos en las velocidades angulares máximas ni en el tiempo de ejecución de los distintos ángulos articulares, solo en puntos concretos del gesto cerca de la suelta del balón. Esto sugiere que la resistencia portátil optimiza una parte específica del lanzamiento, no lo transforma por completo. Tampoco hay datos, todavía, sobre el efecto a medio o largo plazo, ni sobre el riesgo de sobrecarga en articulaciones de hombro y codo si se aplica sin criterio o durante demasiadas semanas seguidas. Van den Tillaar trabajó con jugadoras adultas y experimentadas: extrapolar estos resultados a categorías de formación sin supervisión específica sería, cuando menos, precipitado.
Además, veinticinco sujetos es una muestra pequeña. Es un estudio sólido en su diseño (grupo control, medidas antes y después, análisis cinemático detallado), pero un solo trabajo con esta N no debería convertirse en dogma de entrenamiento. Lo prudente es tratarlo como lo que es: una pieza de evidencia prometedora que abre una vía de trabajo, no una verdad cerrada.
Lo que la evidencia todavía no resuelve del todo
No toda la investigación reciente sobre velocidad de lanzamiento apunta en la misma dirección con la misma claridad. Un estudio con veintidós jugadores universitarios de balonmano comparó dos protocolos de entrenamiento basado en velocidad (VBT) con perfiles de carga individualizados: un grupo entrenó a baja velocidad de movimiento (entre 0,75 y 0,96 m/s, en torno al 60% de 1RM) y otro a alta velocidad (entre 1,03 y 1,20 m/s, en torno al 40% de 1RM). El resultado fue menos concluyente: la interacción entre grupo y tiempo no resultó estadísticamente significativa ni en fuerza máxima en press de banca, ni en velocidad máxima de lanzamiento, ni en masa muscular esquelética.
Puesto en contexto junto al estudio de la resistencia portátil, el mensaje para cualquier preparador físico es claro: no todos los métodos indirectos de entrenamiento de fuerza producen el mismo efecto sobre la velocidad de lanzamiento, y la tecnología de moda (sensores de velocidad, perfiles de carga individualizados) no garantiza por sí sola una mejora si no va acompañada de la especificidad del gesto real de lanzamiento. La resistencia portátil funciona, según los datos disponibles, precisamente porque no separa el trabajo de fuerza del gesto técnico. El entrenamiento de fuerza tradicional con transferencia al lanzamiento sigue siendo más difícil de garantizar de lo que a veces se vende en cursos y seminarios.
Cómo aplicarlo en la pista, con sentido común
Para un club de Liga Asobal o División de Honor Plata con acceso a fisioterapeuta y preparador físico, incorporar sesiones puntuales de lanzamiento con resistencia portátil en el antebrazo, dos o tres veces por semana durante bloques de cuatro a seis semanas, es una intervención de bajo coste y bajo riesgo si se dosifica bien. Para un club de base sin ese respaldo técnico, la recomendación es más conservadora: empezar con cargas mínimas, priorizar la calidad del gesto sobre el volumen, y no perder de vista que la técnica de lanzamiento en categorías de formación todavía se está construyendo, no solo optimizando.
Lo que sí parece claro, con la evidencia acumulada en 2025, es que la velocidad de lanzamiento en balonmano ya no se entrena solo en el banco de pesas. Se entrena, cada vez más, en el propio gesto, con pequeñas cargas que obligan al cuerpo a encontrar soluciones más eficientes. Es una idea sencilla, barata de aplicar, y respaldada ahora por datos concretos. Vale la pena probarla esta pretemporada.


