En el verano de 2019 tuve la oportunidad de visitar durante una semana varios clubs de formación en Dinamarca, concretamente en la región de Midtjylland. Fue una de las experiencias más reveladoras y, debo ser honesto, más incómodas de mi carrera como entrenador. Reveladoras porque vi cosas que no había visto nunca en España a esos niveles de edad. Incómodas porque volví a casa con la certeza de que lo que estábamos haciendo —lo que yo estaba haciendo— tenía problemas estructurales que no sabía bien cómo resolver.

Llevo más de quince años trabajando en el balonmano de base y alto rendimiento en el País Vasco. He dirigido equipos desde infantil hasta la selección autonómica cadete masculina. He sido entrenador en Primera División Nacional y en Plata con el Trapagaran Eskubaloia. Tengo una perspectiva del sistema de formación español que no es la de alguien que lo observa desde fuera: es la de alguien que ha trabajado dentro de él, que ha luchado con sus limitaciones y que ha intentado construir algo valioso a pesar de ellas.

Lo que voy a escribir aquí no pretende ser un análisis académico exhaustivo. Es mi lectura honesta, formada a lo largo de años de trabajo directo con jugadores jóvenes, de lo que hacemos bien y de lo que estamos haciendo sistemáticamente peor que los daneses. Y de por qué esa diferencia importa.

Lo primero que vi en Dinamarca y no olvidé

Llegué al primer entrenamiento esperando ver algo técnicamente sofisticado, ejercicios complejos, trabajo físico intenso. Lo que vi fue lo contrario: un entrenamiento de categoría sub-13 donde durante la primera media hora los jugadores jugaban. Solo jugaban. Handball reducido, partidos de tres contra tres, cuatro contra cuatro, con modificaciones de reglas que el entrenador introducía puntualmente cuando veía que algún concepto necesitaba refuerzo. Sin parar el ejercicio continuamente. Sin filas de jugadores esperando su turno. Sin el entrenador gritando instrucciones técnicas mientras el jugador intentaba ejecutar.

Me quedé observando al entrenador, un tipo de unos cuarenta años con una tranquilidad que me parecía casi desconcertante. Le pregunté qué estaba desarrollando en ese ejercicio. Me respondió, en un inglés funcional: "Hoy trabajamos la toma de decisiones en superioridad numérica. Pero no les digo cuándo tienen la superioridad. Tienen que verlo ellos". Eso fue todo.

Esa conversación me acompañó durante semanas. En España, en categorías equivalentes, habría detenido el ejercicio cuatro o cinco veces para explicar cuándo había superioridad numérica, dónde tenía que estar el jugador, qué decisión era la correcta. Le habría robado la decisión al jugador para dársela yo. Y el jugador habría llegado al partido sin haber aprendido a verla por sí mismo.

El modelo danés: filosofía antes que método

El modelo de formación danés, en su versión más refinada, se basa en un principio filosófico que parece obvio cuando se formula pero que tiene consecuencias radicales en la práctica: el objetivo del entrenamiento de formación no es enseñar balonmano. Es crear jugadores que aprendan balonmano.

La distinción es sutil pero fundamental. Si tu objetivo es enseñar balonmano, optimizas el entrenamiento para transmitir información: les dices qué hacer, les corriges cuando se equivocan, les das el modelo correcto para que lo reproduzcan. Si tu objetivo es crear jugadores que aprendan, optimizas el entrenamiento para generar situaciones donde el jugador tenga que resolver problemas: le pones en contextos donde tenga que tomar decisiones, le dejas cometer errores, y solo intervenes para dar herramientas adicionales de análisis, no para dar la respuesta.

En la práctica danesa, esto se traduce en una proporción entre juego y ejercicio analítico que invierte lo que normalmente vemos en España. En Dinamarca, hasta los 14 o 15 años, el entrenamiento se compone principalmente de situaciones de juego reducido con modificaciones. Los ejercicios de técnica aislada —un extremo haciendo fintas frente a un cono, un pivote haciendo recepciones con balón lanzado desde un soporte fijo— son herramientas puntuales que se usan para reforzar algo muy específico, no el cuerpo central del entrenamiento. Si quieres profundizar en cómo estas diferencias metodológicas se reflejan en el tipo de jugador que produce cada sistema, el ranking de valor de mercado de la ASOBAL muestra claramente qué perfiles de jugador —los más versátiles, los de mayor inteligencia táctica— generan mayor valor competitivo.

Qué hacemos diferente en España, y por qué

El modelo de formación español —y hablo con conocimiento de causa del País Vasco, que no es el peor ejemplo del estado— tiene una tendencia estructural hacia la anticipación de la especialización. A edades donde los jugadores deberían estar todavía desarrollando su repertorio motor general y su capacidad de toma de decisiones en situaciones abiertas, ya estamos poniéndoles en posiciones fijas, enseñándoles sistemas defensivos concretos y exigiéndoles una ejecución técnica que en algunos casos requiere un nivel de madurez motriz que todavía no tienen.

¿Por qué hacemos esto? La respuesta honesta tiene varias capas. La primera es cultural: en España, el resultado a corto plazo pesa mucho en la valoración del trabajo de un entrenador de formación. Un equipo infantil que gana es un entrenador que "funciona". Un equipo infantil que pierde pero está desarrollando bien a sus jugadores es un entrenador "que no tiene nivel". Esa presión lleva a muchos entrenadores a optimizar para el resultado inmediato —que en categorías de base favorece la especialización temprana y los sistemas rígidos— en lugar de para el desarrollo a largo plazo.

La segunda capa es de formación de entrenadores. En Dinamarca, los entrenadores de formación tienen acceso a un sistema de desarrollo profesional muy superior al nuestro. Las federaciones autonómicas en España hacen lo que pueden con los recursos que tienen, pero la brecha entre lo que aprende un entrenador de formación en Dinamarca y lo que aprende uno en España sigue siendo considerable. No en conocimientos de balonmano —los entrenadores españoles saben mucho de balonmano—, sino en metodología del aprendizaje, en psicología del desarrollo, en cómo diseñar un entrenamiento que maximice la transferencia de aprendizaje al juego real.

La tercera capa —y esta es la que más me incomoda reconocer— es de ego. Muchos entrenadores de formación, yo incluido en mis primeros años, tenemos una tendencia a hacer entrenamientos para demostrar que sabemos mucho de balonmano, no para que los jugadores aprendan. Ejercicios complicados, sistemas sofisticados, terminología técnica avanzada. Todo muy impresionante para los padres en la banda y para el coordinador del club. Pero no necesariamente lo que necesita un jugador de 12 años para desarrollar su potencial.

El problema del calendario federativo: torneos que deforman el desarrollo

Hay un elemento del sistema español que considero especialmente problemático y sobre el que raramente se habla con franqueza: el calendario competitivo de las categorías de formación.

En Dinamarca, hasta los 14-15 años, la competición es deliberadamente baja en intensidad y alta en volumen. Muchos partidos, poca presión de resultado, estructuras de competición que permiten rotar todos los jugadores y que no enfatizan el resultado final. La federación danesa ha diseñado el calendario de formación para que sirva al desarrollo, no para que sirva al espectáculo o a la clasificación.

En España, el calendario federativo de categorías infantil y cadete en muchas comunidades autónomas replica, a escala reducida, el modelo de la competición adulta. Clasificaciones, play-offs, ascensos y descensos. Partidos decisivos a edades donde el sistema nervioso de los jugadores no está preparado para gestionar esa presión sin consecuencias en el desarrollo. Y entrenadores que, sabiendo que el fin de semana hay un partido importante, cambian su plan de entrenamiento para preparar ese partido en lugar de continuar con el desarrollo planificado.

He caído en esa trampa muchas veces. La semana antes de un partido clave contra el segundo clasificado, el trabajo técnico-táctico que tenía planificado se convierte en preparación específica para el rival. Es comprensible. Es humano. Pero es contradictorio con los principios del desarrollo a largo plazo del jugador.

Lo que hacemos bien: sin autoengaños pero sin complejos

Sería injusto e inexacto concluir esta reflexión sin reconocer lo que el sistema español hace bien. Y hay cosas importantes.

Primera: la calidad técnica individual de los jugadores que salen del sistema español es alta. La habilidad con el balón, la técnica de lanzamiento, la coordinación motriz general de los jugadores españoles de formación es competitiva a nivel europeo. Cuando nuestros jugadores llegan a la selección nacional sub-20 o sub-21, técnicamente están en nivel de competir con los mejores.

Segunda: la cultura competitiva. Los jugadores españoles saben competir. Saben jugar partidos difíciles, gestionar la presión de la competición. Esa es una cualidad que tiene valor real y que el modelo danés, con su énfasis en el proceso sobre el resultado, a veces no desarrolla con la misma intensidad.

Tercera: la diversidad de talento. España es un país grande con una base de jugadores amplia y tradiciones regionales distintas. El balonmano vasco, el catalán, el andaluz, el madrileño tienen características propias que han dado jugadores de perfiles muy distintos a la selección nacional. Esa diversidad es una riqueza que los modelos más homogeneizados no siempre generan.

Tres cambios que puedes aplicar mañana sin más recursos

Termino con algo práctico, porque creo que la reflexión sobre el modelo es inútil si no lleva a cambios en el trabajo diario del entrenador.

El cambio más impactante que un entrenador de formación puede hacer mañana mismo, sin más recursos ni más tiempo de entrenamiento, es reducir las interrupciones durante el entrenamiento. Dejar que el ejercicio fluya más. Dejar que el jugador cometa el error, procese el error, intente la corrección. Solo interrumpir cuando el error se está consolidando como hábito, no cuando ocurre por primera vez. Esa sola modificación cambia la naturaleza del aprendizaje en el entrenamiento de manera radical.

El segundo cambio, igualmente accesible: aumentar el volumen de juego reducido con modificaciones. Tres contra tres, cuatro contra cuatro, con reglas específicas que fuercen la situación que quieres desarrollar. Si quiero trabajar la superioridad numérica en ataque, en lugar de un ejercicio analítico de tres pasos con conos, diseño un tres contra dos donde el equipo atacante gana un punto extra si identifica y explota la superioridad en menos de cuatro pases. El contexto de juego real facilita la transferencia de aprendizaje de manera que los ejercicios analíticos aislados nunca consiguen.

El tercer cambio es el más difícil porque requiere algo que ningún plan de entrenamiento puede garantizar: renunciar a optimizar para el resultado de este fin de semana cuando ese resultado va en contra del desarrollo a largo plazo del jugador. Es fácil de decir. Es muy difícil de hacer cuando llevas tres derrotas seguidas y el coordinador del club empieza a preguntar cosas.

Dinamarca nos lleva veinte años de ventaja en modelo. No podemos recuperar esos veinte años de golpe. Pero podemos empezar a trabajar de una manera diferente, un entrenamiento a la vez. Y los jugadores que tenemos en frente —que tienen talento, que tienen ganas, que merecen lo mejor que podemos darles— se lo merecen.