En el fútbol base ya no llama la atención. El chaval de 15 años que en julio busca un centro donde meterle horas a la fuerza, un preparador que le corrija la zancada, un gimnasio para no perder el verano. Es la norma. El fútbol tiene esa mística de la vida profesional a la vuelta de la esquina, y esa mística mueve a padres, a jugadores y sobre todo a bolsillos.
El balonmano no tiene nada de eso. Aquí no hay Champions esperando con sueldos de siete ceros. Y aun así, este verano hay algo distinto en los pabellones: cada vez más cadetes y juveniles deciden que el off season no es para desconectar.
Esto me lo contó Julen Iturrizaga, preparador físico de la selección de Euskadi, en una concentración de cara al CESA 2027. Este verano tiene en su centro a 8 jugadores y jugadoras de balonmano de categoría cadete y juvenil. Hace tres años tenía uno, o ninguno. No es un caso suelto ni la moda de un club concreto. Empieza a tener volumen.
Lo llamativo es que nadie les está prometiendo nada a cambio. En balonmano, salvo alguna excepción en Asobal y casi ninguna en la liga femenina, no hay un sueldo que cambie la vida de nadie. Lo que persiguen estos chavales es otra cosa, mucho más aburrida y mucho más eficaz: no llegar tarde a la pretemporada de su club.
Y ahí está el detalle que de verdad importa. La pretemporada no es solo volumen físico, es el arranque de un proceso que engloba lo físico, lo técnico-táctico y hasta lo psicológico, y que condiciona el resto del año. Un jugador que llega a agosto con la base de fuerza ya trabajada no empieza la pretemporada de su equipo, la continúa. Esa ventaja antes solo se veía en junior o en sénior. Ahora está bajando a cadete.
Los estudios sobre aptitud física en categorías de formación llevan tiempo señalando algo que en el fútbol es evidente desde hace diez años: en balonmano de base apenas se ha medido la relación entre condición física y rendimiento competitivo, porque el balonmano de base ha llegado tarde a esto. Lo de este verano es, en el fondo, ponerse al día.
Cómo es una sesión tipo de off season para cadete o juvenil
Para hacerse una idea de en qué consiste realmente este trabajo, una sesión tipo suele moverse en estos bloques:
- Activación y movilidad (10-15 min): trabajo articular de hombro y rodilla, las dos zonas donde más lesiona el balonmano por el gesto de lanzamiento y los cambios de dirección.
- Fuerza (30-40 min): sentadilla, peso muerto, empuje y tracción con cargas progresivas. En cadete y juvenil el objetivo no es levantar mucho peso, es construir base de fuerza general antes de que llegue la pretemporada del club.
- Velocidad y cambios de dirección (15-20 min): sprints cortos, arrancadas, frenadas y giros. El balonmano se decide en metros cortos, no en resistencia continua.
- Trabajo específico de prevención (10 min): ejercicios excéntricos de hombro (rotadores externos) y de rodilla (isquiotibiales, core), la parte que más se salta un jugador quinceañero por su cuenta y la que más lesiones evita a medio plazo.
- Pliometría o gesto técnico ligero (10-15 min): saltos, apoyos, algo de lanzamiento sin la intensidad de temporada, para no perder el patrón motor del deporte.
Nada de esto es sofisticado ni requiere instalaciones de club profesional. Es constancia: dos o tres sesiones semanales de julio a agosto, bien planificadas, con progresión de carga y sin improvisar. La diferencia no está en la genialidad del ejercicio, está en que alguien lo haya planificado con cabeza y el chaval lo haya cumplido sin saltarse semanas.
Lo que de verdad venden: ser mejor que el año pasado
Si el fútbol vende la fantasía de llegar a ser profesional, el balonmano vende algo más pequeño y más sano: ser mejor que el año pasado. No hay ningún agente esperando a la salida del pabellón. Hay la conciencia de que en un deporte de márgenes tan finos, donde un gol decide títulos y descensos, quien llega mejor a septiembre juega con ventaja.
Que un preparador de una concentración autonómica detecte esto con datos de su propio centro dice algo del ecosistema completo: selecciones territoriales, centros de rendimiento, escuelas de club. Están empezando a hablar el idioma que el fútbol base lleva una década hablando.
Queda por ver si esto aguanta o se diluye en un par de veranos. Ocho jugadores en un centro no es una muestra para sacar conclusiones definitivas. Pero la dirección del dato, de 0-1 a 8 en tres años, no parece casualidad.


