Colonia volvió a hacer lo que Colonia hace mejor que nadie: convertir el balonmano en una función de alto voltaje. Dos semifinales. Un campeón destronado. Una prórroga para medir el pulso del Barça. Un Füchse Berlín que jugó con el hambre de quien llevaba un año esperando la revancha. Y una final que tiene mucho más colmillo del que parece.

La Final Four de la Champions masculina dejó dos partidos muy distintos, pero una misma conclusión: en el Lanxess Arena no basta con jugar bien durante muchos minutos. Hay que saber cerrar. Hay que saber sufrir. Hay que tener portería cuando el brazo empieza a pesar. Hay que entender que, en Colonia, los detalles dejan de ser pequeños.

El Füchse Berlín tumbó al vigente campeón, el SC Magdeburg, por 35-40 en una semifinal alemana de ritmo altísimo y 75 goles. Después, el Barça superó al Aalborg por 32-37 en una semifinal que necesitó prórroga después del empate a 28 al final del tiempo reglamentario. El domingo habrá final entre Barça y Füchse. Experiencia contra hambre. Oficio contra descaro. Historia contra un equipo que ya no quiere ser aspirante.

Füchse Berlín 40-35 SC Magdeburg: la revancha que se jugó a toda velocidad

La primera semifinal tenía memoria. Magdeburg y Füchse Berlín no llegaban a Colonia como dos desconocidos que se cruzan en el momento justo. Había una cuenta pendiente. El año pasado, Magdeburg había ganado la final europea ante el propio Füchse. Esta vez, Berlín llegó con otra cara. Más maduro. Más agresivo. Más convencido de que podía quitarle al campeón algo más que un partido.

Y lo hizo desde el ritmo.

El partido arrancó como si nadie tuviera intención de especular. Füchse corrió, Magdeburg aceptó el intercambio y la semifinal entró pronto en un terreno casi salvaje. No hubo ese primer tramo de estudio que a veces aparece en una Final Four. Hubo golpes, lanzamientos, transiciones y una sensación clara: Berlín quería abrir el partido y obligar al campeón a defender muchos metros hacia atrás.

El resultado final, 40-35 para Füchse Berlín, explica el volumen ofensivo, pero no explica del todo el fondo. Esta semifinal la ganó Berlín porque fue capaz de sostener su propuesta incluso cuando Magdeburg amenazó con hacer lo que hacen los campeones: sobrevivir primero y castigar después. El equipo de Bennet Wiegert llegó a levantar una desventaja amplia y a meterse de lleno en el partido, pero el último cuarto le dejó sin oxígeno. Magdeburg sufrió una sequía de casi diez minutos sin marcar, y ahí se rompió la semifinal.

En ese tramo apareció Dejan Milosavljev. Hasta entonces, el partido había sido más de ataques que de porteros. Pero en una Final Four no siempre necesitas ganar 60 minutos desde la portería. A veces basta con ganar los diez que deciden el pase a la final. Milosavljev lo hizo. Se hizo enorme cuando Magdeburg necesitaba un gol para volver a mandar, cerró ángulos, intimidó y le dio a Berlín justo lo que necesitaba: tiempo para correr y distancia para creer.

También fue una tarde de nombres propios ofensivos. Mathias Gidsel volvió a demostrar por qué es uno de esos jugadores que cambian la geometría de una defensa cada vez que recibe. No es solo lo que marca. Es lo que obliga a corregir. Es la amenaza de su primera arrancada, el miedo al contacto, la lectura para soltar el balón cuando llega la ayuda. A su lado, Lasse Andersson dio a Berlín lanzamiento exterior, personalidad y esa sensación de jugador que sabe perfectamente cuándo el partido pide una decisión fuerte.

Magdeburg cayó con orgullo, pero cayó. Y eso ya es noticia. El vigente campeón fue incapaz de cerrar la sangría cuando Berlín encontró continuidad. En un partido de 75 goles, el problema no suele ser encajar mucho. El problema es dejar de marcar cuando más lo necesitas.

Füchse Berlín no solo ganó. Se quitó una mochila. Y eso, antes de una final de Champions, puede pesar mucho.

Barça 37-32 Aalborg: sobrevivir también es una forma de grandeza

La segunda semifinal fue otro tipo de combate. Menos desatada al principio. Más táctica. Más controlada por el Barça durante buena parte del partido. Y, quizá por eso, más peligrosa cuando Aalborg empezó a crecer.

El equipo de Carlos Ortega construyó su ventaja desde atrás. Defensa seria, intensidad en los contactos y Emil Nielsen sosteniendo al equipo cuando Aalborg encontraba posiciones claras. El Barça se fue al descanso con ventaja de cuatro goles, que reflejaba una primera parte muy sólida. No era una paliza. Era algo más reconocible en el Barça europeo: control, oficio y sensación de tener la semifinal donde quería.

Durante muchos minutos, el partido pareció ir por ese camino. El Barça manejaba ventajas, encontraba goles en momentos importantes y daba la impresión de que Aalborg tenía que hacer demasiadas cosas bien para volver. Pero el equipo danés no se fue nunca. Y eso también forma parte del carácter de estas semifinales. En Colonia nadie entrega una final porque el rival parezca más hecho.

Aalborg fue ajustando. Defendió mejor, corrió cuando pudo y empezó a encontrar confianza. El Barça, que había tenido el partido en una zona de cierta comodidad, se fue metiendo en un final incómodo. La ventaja se redujo. El partido se tensó. Y el empate a 28-28 llevó la semifinal a la prórroga.

Ese momento era peligrosísimo para el Barça. No tanto por el marcador, sino por la sensación. Cuando un equipo que ha ido por delante durante tantos minutos ve cómo el rival le arrastra a la prórroga, el peligro no es solo físico. Es mental. Aparece la duda. Aparece el recuerdo de las ocasiones perdidas. Aparece esa pregunta que nadie verbaliza, pero todos sienten: ¿se nos está escapando?

El Barça respondió como responden los equipos que llevan años viviendo estas noches. No se puso nervioso. No se dejó llevar por la inercia emocional de Aalborg. Castigó la portería vacía, encontró goles sencillos en el momento más importante y volvió a apoyarse en Nielsen para cerrar la puerta cuando el partido pedía una intervención más.

La apuesta del siete contra seis le había dado vida a Aalborg, pero en la prórroga se convirtió en una zona de riesgo. El Barça leyó bien cuándo correr, cuándo lanzar y cuándo castigar. En pocos minutos, lo que parecía una semifinal abierta volvió a quedar bajo control azulgrana. El 32-37 final puede engañar a quien no viera el partido. No fue una victoria cómoda. Fue una victoria de supervivencia.

Y sobrevivir, en una semifinal de Champions, también es una forma de grandeza.

El Barça llega con oficio; Berlín, con hambre

La final del domingo deja un contraste muy atractivo. El Barça llega desde la experiencia, desde la memoria competitiva, desde esa capacidad para no romperse aunque el partido le empuje al borde. Füchse Berlín llega desde la energía, desde la revancha y desde el golpe emocional de haber eliminado al campeón.

El Barça sabe jugar finales. Sabe bajar el pulso cuando el rival quiere subirlo. Sabe encontrar portería, defensa y goles de oficio. Pero tendrá delante a un equipo que, si logra convertir la final en una carrera, puede hacer muchísimo daño.

Berlín tiene a Gidsel, que obliga a defender con ayudas constantes. Tiene lanzamiento exterior. Tiene portería si Milosavljev mantiene el nivel emocional de la semifinal. Y tiene algo que no se entrena: la sensación de estar ante una oportunidad que no se puede dejar escapar.

El Barça, por su parte, necesita controlar el ritmo. Si la final se va a un marcador altísimo, Berlín se sentirá cómodo. Si el Barça consigue hacerla más larga, más posicional, más pesada, tendrá mucho camino ganado. Ahí entrarán Nielsen, la defensa, la gestión de las inferioridades, la tranquilidad de los veteranos y la capacidad de Carlos Ortega para evitar que Füchse viva demasiado tiempo en transición.

No parece una final escrita de antemano. Y eso es lo mejor que puede pasarle a Colonia.

Dani Cabado
La opinión de Dani Cabado

Analista · Liftados

No gana el que mejor juega. Gana el que aguanta mejor cuando el partido se rompe.

Lo que dejan estas semifinales es una cosa muy clara: en Colonia no gana siempre el que mejor juega durante más minutos, sino el que aguanta mejor cuando el partido se rompe.

Füchse Berlín tuvo un punto de descaro brutal. No se asustó cuando Magdeburg le dio la vuelta al partido y eso, contra el campeón, dice mucho. Gidsel volvió a parecer un jugador capaz de cambiar el ritmo de una semifinal cada vez que toca el balón, pero para mí la clave estuvo en Milosavljev. No hizo falta que parara todo el partido. Le bastó con aparecer en el momento exacto. Y eso en una Final Four vale una final.

El Barça, en cambio, ganó desde otro sitio. Ganó desde la experiencia. Durante muchos minutos pareció tener el partido controlado, pero Aalborg le metió en un lío enorme. Y ahí el Barça hizo lo que hacen los equipos que llevan años viviendo estas noches: no se puso nervioso cuando el partido se fue a la prórroga. Castigó el siete contra seis, encontró portería, corrió cuando tocaba y entendió que la semifinal ya no iba de jugar bonito, sino de sobrevivir.

La final me parece preciosa porque enfrenta dos estados de ánimo muy distintos. Berlín llega con hambre, con energía y con la sensación de que ha tumbado al campeón sin pedir permiso. El Barça llega con oficio, con memoria competitiva y con esa capacidad tan suya de encontrar una solución incluso cuando el partido se ha complicado demasiado.

Si Füchse consigue correr y llevar el marcador a una barbaridad ofensiva, tendrá muchas opciones. Si el Barça baja el partido, defiende largo y obliga a Berlín a jugar más incómodo, la final puede caer del lado azulgrana.

Pero lo bonito es eso: no parece una final escrita de antemano. Y en Colonia, cuando nadie tiene el guion asegurado, suele pasar algo grande.